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Persefone en Nueva York



A Perséfone, nunca le gustó el cuento de Cenicienta, a lo sumo, una versión que leyó en un viejo libro, la cual nada tenía que ver con la chica del moño de los dibujos animados, con esa expresión fria de plástico, por no hablar de esos peligrosos zapatos de cristal, que se podían romper en cualquier momento, haciendo añicos esos pequeños pies de pobre chica triste.
Y no es que no le gustase llevar bonitos zapatos, aunque preferia poder elegir que tipo de calzado usar, para bailar, mejor descalza y en la arena de la playa. La arena se colaba entre los dedos, y le hacía cosquillas.
Solía vivir intensamente los momentos de su paso por la superficie.
Las cavernas del reino de Hades, aunque iluminadas de mágicas luces, no se podían comparar a la luz del Sol, ni al color turquesa de las playas de las islas, ni a los campos de girasoles y lavanda.

Los zapatos, en general, le gustaban mucho, solia fijarse en que clase de calzado llevaba la gente, y luego, lentamente, elevaba su mirada hasta recorrer todo el contorno de la persona, escuchando el lenguaje que desprendia el movimientos, el frufru de algunas piezas de ropa o el periodoco bajo el brazo, miradas rápidas, muy fugaces, pocas veces se entrelazaban , en la 5ª Avenida de Nueva York, la gente suele caminar rápido.
Por eso le sorprendió ver a una mujer dejar caer un delicado pie entre la acera y la puerta entreabierta de la limusina, y más se sorprendió aún cuendo observó que calzaba zapatos de cristal con incrustaciones diamantinas, su muñeca sostenia una copa de champagne, frances, supuso ella, y conversaba con un homeless que aparcó su carrito de latas en medio de la calle.
Eran las 3 de la madrugada, y nadie se molestaba al tener que desviarse para rodear el carro de supermercado-casa del vagabundo.
Y nadie se sorprendia. Y a nadie le importaba.
Excepto a Perséfone. Desde aquel día empezó a inventarse mil finales para los cuentos, porque tal vez, Ceniciento hubiese encontrado a su Princesa. O ello dedujo de la expresión enamorada que se veia en sus ojos. Pues de repente la mujer salió del coche, y, se sentó en la acera junto al hombre, el chofer, negro, de dos metros de alto por uno de ancho, le ofreció una copa, y allí estaban los dos, conversando a la luz de los neones.
No dormía mucho cuando paseaba por la Tierra, y siempre volvia a Nueva York, era su medidor de humanidad preferido, su caracter jovial se impregnaba de música, y allí, en las aceras planas de Manhattan, sus patines plateados se deslizaban entre el tráfico haciendola sentir un ángel invisible, una niña con alas en los pies.
Además, el sushi estaba más rico cuando podias cenar en calcetines de limpio algodón.

2002-10-12 19:41 | 0 Comentarios


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